Hace mĆ”s de un aƱo que me siento totalmente fuera de contexto. LleguĆ© a Europa con esta idea clavada en la cabeza de “probar”. ĀæProbar suerte? ĀæProbar que puedo? ĀæQuĆ© quiero “probar”?
Llevo muchos meses viviendo en la incertidumbre de si voy a poder lograr “probar” algo que aĆŗn no tengo claro quĆ© es. Es un desafĆo autoimpuesto que, aunque me ha hecho conocer capacidades propias (que he llegado incluso a admirar), tambiĆ©n me ha generado una ansiedad absurda y me ha llevado a lugares densos en mi mente que nunca habĆa recorrido porque ni siquiera sabĆa que existĆan, que estaban ahĆ.
Lo bueno y lo malo se han presentado ante mĆ por igual y, aunque muchos se achicarĆan creyendo que el peso de estar lejos es demasiado grande para ellos āvolviendo quizĆ”s a lugares conocidos donde la incertidumbre y la ansiedad estĆ”n domadas y la vida cotidiana estĆ” trazadaā, yo he decidido seguir los pasos de esos que se agrandan, convenciĆ©ndose de que pueden ser mĆ”s intimidantes y temibles que ese monstruo espantoso llamado migrar, que parece indomable, imposible de abatir.
De invierno a invierno, me he mudado tres veces, he comido bien y mal, me he endeudado y me ha angustiado no poder trabajar. EmpecĆ© a fumar. He vuelto a orar. He suplicado para que algĆŗn milagro me suceda. He extraƱado los abrazos de mi mamĆ”. Me he cuestionado las decisiones que tomĆ© en mi comodidad. Nada me pudo haber preparado para migrar, para sentir este vacĆo tan denso en el que me siento caer sin un suelo donde mi cuerpo pueda descansar.
Ese vacĆo, quizĆ”s, se traduce en la sensación de soledad. La primera vez que me enfrentĆ© al indomable monstruo estaba con mis padres y mis hermanas y, cuando le plantĆ© cara a mis 18, no sentĆ miedo porque mi nĆŗcleo era un escudo y sus ataques eran como un juego. Hasta mis 30 vivĆ de la mano del monstruo, como si fuĆ©ramos amigos. Me vio crecer, adoptar una personalidad, desarrollar formas de ver la vida. HabitĆ© su guarida con propiedad y seguridad. Le dejĆ© claro que esa tambiĆ©n era mi casa. Pero ahora es diferente.
Tengo al monstruo frente a mĆ, viĆ©ndome totalmente solo. Sin nada que me proteja, lejos de mi familia, con muy pocos amigos y, peor aĆŗn, sin saber por quĆ© decidĆ enfrentarlo de nuevo. Veo en su cara cómo se burla de mĆ, de mi valentĆa improvisada que me hizo creer que conocĆa la forma de aplacarlo. Ver esa sonrisa irónica me da rabia, pero no con Ć©l, sino conmigo mismo por llevarme de vuelta a su presencia.
Supongo que, mientras sigo cayendo en ese vacĆo, manoteĆ”ndole al monstruo para intentar amortiguar de alguna manera mi caĆda, empezarĆ© a perder el miedo. Porque si decidĆ seguir los pasos de miles de valientes que lo enfrentaron antes que yo, totalmente solos y vulnerables, pero con la seguridad y valentĆa absoluta de lograr embestirlo y derribarlo āaun en condiciones en las que nadie quiere realmente estarā, Āæpor quĆ© yo no?
