Autor: joan

  • migrar es un trauma.

    migrar es un trauma.

    Hace mĆ”s de un aƱo que me siento totalmente fuera de contexto. LleguĆ© a Europa con esta idea clavada en la cabeza de “probar”. ĀæProbar suerte? ĀæProbar que puedo? ĀæQuĆ© quiero “probar”?

    Llevo muchos meses viviendo en la incertidumbre de si voy a poder lograr “probar” algo que aĆŗn no tengo claro quĆ© es. Es un desafĆ­o autoimpuesto que, aunque me ha hecho conocer capacidades propias (que he llegado incluso a admirar), tambiĆ©n me ha generado una ansiedad absurda y me ha llevado a lugares densos en mi mente que nunca habĆ­a recorrido porque ni siquiera sabĆ­a que existĆ­an, que estaban ahĆ­.

    Lo bueno y lo malo se han presentado ante mĆ­ por igual y, aunque muchos se achicarĆ­an creyendo que el peso de estar lejos es demasiado grande para ellos —volviendo quizĆ”s a lugares conocidos donde la incertidumbre y la ansiedad estĆ”n domadas y la vida cotidiana estĆ” trazada—, yo he decidido seguir los pasos de esos que se agrandan, convenciĆ©ndose de que pueden ser mĆ”s intimidantes y temibles que ese monstruo espantoso llamado migrar, que parece indomable, imposible de abatir.

    De invierno a invierno, me he mudado tres veces, he comido bien y mal, me he endeudado y me ha angustiado no poder trabajar. Empecé a fumar. He vuelto a orar. He suplicado para que algún milagro me suceda. He extrañado los abrazos de mi mamÔ. Me he cuestionado las decisiones que tomé en mi comodidad. Nada me pudo haber preparado para migrar, para sentir este vacío tan denso en el que me siento caer sin un suelo donde mi cuerpo pueda descansar.

    Ese vacío, quizÔs, se traduce en la sensación de soledad. La primera vez que me enfrenté al indomable monstruo estaba con mis padres y mis hermanas y, cuando le planté cara a mis 18, no sentí miedo porque mi núcleo era un escudo y sus ataques eran como un juego. Hasta mis 30 viví de la mano del monstruo, como si fuéramos amigos. Me vio crecer, adoptar una personalidad, desarrollar formas de ver la vida. Habité su guarida con propiedad y seguridad. Le dejé claro que esa también era mi casa. Pero ahora es diferente.

    Tengo al monstruo frente a mí, viéndome totalmente solo. Sin nada que me proteja, lejos de mi familia, con muy pocos amigos y, peor aún, sin saber por qué decidí enfrentarlo de nuevo. Veo en su cara cómo se burla de mí, de mi valentía improvisada que me hizo creer que conocía la forma de aplacarlo. Ver esa sonrisa irónica me da rabia, pero no con él, sino conmigo mismo por llevarme de vuelta a su presencia.

    Supongo que, mientras sigo cayendo en ese vacĆ­o, manoteĆ”ndole al monstruo para intentar amortiguar de alguna manera mi caĆ­da, empezarĆ© a perder el miedo. Porque si decidĆ­ seguir los pasos de miles de valientes que lo enfrentaron antes que yo, totalmente solos y vulnerables, pero con la seguridad y valentĆ­a absoluta de lograr embestirlo y derribarlo —aun en condiciones en las que nadie quiere realmente estar—, Āæpor quĆ© yo no?